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Opiniones
Eliécer Calzadilla
Sidor, contracorriente y contra el silencio
| Sidor, contracorriente y contra el silencio |
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| Escrito por Eliecer Calzadilla | |
| Wednesday, 21 de May de 2008 | |
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SIDOR, CONTRACORRIENTE, CONTRA EL SILENCIO/Eliécer Calzadilla
Damián Prat, en su columna Público & Confidencial del diario Correo del Caroní ha estado develando, uno a uno, los hilos de esta asquerosa telaraña. Sin aguar la fiesta a los celebrantes de la estatización ni a los "emancipados de la esclavitud", Damián está escribiendo para el futuro. Algún día alguien querrá saber qué fue lo que en verdad estuvo en el fondo de esa paila podrida de excusas y pretextos patrioteros, entonces tendrá que volver sobre las notas que Damián ha estado escribiendo todos estos días. Bien por Damián, por veraz y valiente. En los cuentos de Borges Emma Zunz, El Muerto y en Historia Universal de la Infamia es posible encontrar algunas semejanzas con los truculentos y calculados pasos que dio el régimen para esta nacionalización. Recomiendo esas lecturas. Desde hace tiempo, por medio de connotados personeros, el gobierno había manifestado que eso de trabajadores y ex trabajadores propietarios de acciones de empresas públicas y recibiendo dividendos no encajan en el modelo socialista que proponen. Un aislado y no tan lejano acontecimiento pudo haber incubado un fuerte rencor presidencial: los trabajadores siderúrgicos, dirigidos por Machuca, Acarigua Rodríguez y Nerio Fuentes le hicieron a Chávez la protesta popular más grande y eficaz que le han realizado: el presidente Chávez venía a una gira administrativa, una más de los recorridos triunfalmente controlados y planificados que acostumbra. Los trabajadores trancaron, con protestas, todas las entradas y salidas de la ciudad, desde matanzas a San Félix. Chávez no pudo andar en automóvil; un corto paseo en helicóptero fue toda la gira. El grueso de los trabajadores de la planta, chavistas, resultaban muy rebeldes para el gusto del gobierno. La oportunidad de la venganza llegó con la interminable discusión de un nuevo contrato colectivo. En el mes diez u once de la discusión, el gobierno sentó a la mesa donde, estancados, negociaban empresa y trabajadores, a dos de sus más altos funcionarios políticos: el ministro del Trabajo, José Ramón Rivero y el gobernador del estado Bolívar, Francisco Rangel Gómez. Los trabajadores, sin levantarse de mesa hacían paros y huelgas hasta de tres días. Es un hecho público que la posición del gobierno, clara y sin dudas, se inclinó por los argumentos económicos de la empresa. El gobierno tuvo tanta comprensión y entendimiento con las razones de la empresa que el Ministerio del Trabajo se preparó -y habló de eso a los medios-, para un eventual laudo laboral que resolviera el conflicto. Se habló hasta de un decreto de reanudación de faenas para enfrentar una eventual huelga indefinida. Yo conjeturo que ante una posición tan firme de los gobiernos -nacional y regional-, la empresa se sintió apoyada y no movió sus ofertas hacia arriba. El gobierno estaba con la empresa, con sus socios, leales y cumplidores a la hora de la plata. Allá atrás, no tan lejos, estaban los Kirchner, indispensables amigos "estratégicos" del presidente Chávez, y estaba Mercosur, adonde Chávez pretende fatigosamente incluir a Venezuela como miembro pleno y no ha podido. Si hubiese alguna duda acerca de qué lado estaba el gobierno, una brutal represión, nunca antes vista en Guayana, se concretó en los lomos y en las nalgas de los trabajadores que intentaron cerrar la autopista a Ciudad Bolívar. La Policía estadal, que comanda el gobernador, y la Guardia Nacional, que comanda el Presidente, les propinaron una paliza con encarcelamiento e imputación de delitos a decenas de trabajadores. Yo no creo que el alto gobierno desconociera la orden de reprimir con dureza que se dio y que, efectivamente, se realizó durante varias horas. Tampoco creo que desconociera el encarcelamiento de dirigentes y de sus imputaciones. Ahora, un amigo chavista me dice que Chávez juega siempre pelota arreada, dura, y que en esa jugada se tiró al coleto, en carambola, a dos figuras incómodas, José Ramón Rivero, a quien destituye, y al gobernador Rangel, a quien tiene en salsa desde hace rato, según me dijo. Lo demás se sabe: una tarde de abril aparece el vicepresidente en la mesa de discusión, y en la medianoche de ese día, después que la empresa mueve sus ofertas hacia arriba y falta poco, muy poco, para un acuerdo, "descubre" que los argentinos son arrogantes y esclavistas, y transmite la voz presidencial que ordena la nacionalización. Mi amigo chavista y Damián coinciden en evidenciar las razones bastardas de la decisión: Chávez, de 65% de aceptación que tuvo en Guayana estaba en 38%, y en caída libre; la gobernación del estado estaba en pico de zamuro, Andrés Velásquez les daría una paliza electoral, eso dijeron los chavistas mismos. Necesitaban una medida heroica, que moviera sentimientos, que colocara a Chávez como un salvador, como un padre comprensivo que no sabía lo que estaba pasando y que recuperara lo perdido. Chávez sabe que el lenguaje universal del entendimiento es el dinero. Rafael Poleo, en una conversación telefónica me decía, Calzadilla, aquí en Venezuela nadie o casi nadie tiene honor, nadie le para bolas a eso, nadie se ofende. Chávez sabe bien eso, sabe lo "poderoso que es ese caballero, don dinero" y lo usa. Ahora el gobierno, que entendía, hasta hace un mes, las razones económicas esgrimidas por la gerencia argentina, ha ido más lejos de lo que los trabajadores estaban dispuestos a tranzar. Lo único que falta es que a Acarigua Rodríguez lo nombren presidente de Pdvsa para que él mismo liquide periódicamente lo que pida el sindicato. En un mes, de la paliza y la cárcel a la apoteosis revolucionaria del teatro Teresa Carreño. Ese es Chávez. No importa quiénes ni cómo se queden en el camino. El poder lo justifica todo. La parte más terrible de esta infamante historia es el trato que se le ha dado al personal argentino de la planta y a los ejecutivos venezolanos que allí laboran. La xenofobia como argumento, el odio alimentado contra los argentinos, incluso desde la Vicepresidencia, es uno de los episodios más vergonzosos, más triste y más aldeano en la vida de esta ciudad. Uno sabe que al final la lucha allí es por dinero. Uno sabe también que no hay salario ni contrato colectivo que resista una inflación sostenida del 20% anual por causa de un gobierno corrupto y despilfarrador. Pero había que buscar a un judío para culparlo, o a un negro o a un gitano o a un hereje, para joderlo, para llevarlo a la hoguera. En este caso encontraron a los "argentinos". Como siempre en estos casos, la ciudad, la comunidad, la aldea, va a la plaza, mira arder al culpable o mira cómo lo ahorcan y se retira avergonzada a cada casa. Algunos, los que gritaban insultos a los argentinos, lo disfrutaron. Yo tengo vergüenza, a mí me da pena lo que han hecho, la forma cobarde y oportunista como han tratado a los gerentes argentinos. Esta es una hora de vergüenza, de pena, de barbarie. Con mucha pena, con vergüenza, así me siento. El día tras otro, el tiempo, hablará algún día, estoy seguro.
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